La siesta siempre ha tenido defensores y detractores. Pero, últimamente, y apoyándose en datos fiables, son muchos más los primeros.

La siesta ideal debería tener una duración comprendida entre 15 y 45 minutos; más tiempo, supone “romperle los esquemas” al cerebro, levantándonos con dolor de cabeza, malhumorados e irritables. Recientemente, la NASA (tan concienzudos ellos), ha llegado a la conclusión, tras arduos experimentos, de que la siesta ideal debe durar 26 minutos.

Pero muchas personas no pueden permitirse el lujo de disfrutar de ella, por múltiples motivos. Pues bien, tomen nota: cuando esto sucede, podemos recurrir a la MICROSIESTA. Como su nombre indica, tiene una duración corta, menos de 10 minutos, suficiente para producir una sensación de somnolencia y sueño ligero, haciendo que quien la practica se sienta relajado, no precisa tener que acostarse (basta con reposar la cabeza), no conlleva una desconexión total de los estímulos que nos rodean y, sin embargo, nos permite despejarnos lo suficiente para ponernos en marcha de nuevo con energía renovada.

Según Bruno Comby, politécnico, “la microsiesta nos ayuda a reponer energías durante un tiempo equivalente al de su duración multiplicado por 10 ó 15. La respiración se ralentiza, el ritmo cardíaco disminuye y los músculos se relajan, lo que permite un verdadero descanso del cuerpo y de la mente. La microsiesta nos facilita prolongar nuestra eficacia incluso con una carga de trabajo importante”.

Fundamental, sin duda.

Carmen Bermejo Romero

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