EL ESTRÉS

Podríamos definirlo como un estado, normalmente breve, de tensión provocada por el desajuste y la divergencia entre las demandas percibidas por el individuo y la idea que éste tiene sobre cuáles son sus éstas se producen.
Determinados tipos o niveles de estrés cumplen funciones positivas de estímulo y desarrollo y del mantenimiento de la buena forma ante las situaciones de cambio e incertidumbre en las que hay que desenvolverse: estamos hablando del “eustrés” (el estrés positivo). Su contrario sería el “distrés”, es decir, el que produce efectos negativos para el bienestar psicológico y físico. El estado de estrés mantenido en el tiempo, o repetido frecuentemente, puede derivar en enfermedad psicosomática o trastornos psíquicos.
Etapas sucesivas de la reacción de una persona ante el estrés:
– Fase de “alarma”: ante una situación nueva y difícil a la que hacer frente y ante la cual se siente sin energías para poder responder. El cerebro envía órdenes para que el organismo comience a segregar hormonas (adrenalina, noradrenalina y cortisona). Puede producirse también un incremento de la frecuencia cardíaca, la tensión arterial y la tensión muscular. Pero quien lo está padeciendo, aún no lo percibe como malestar, sino incluso como cierta euforia (“me estoy poniendo las pilas”).
– Fase de “resistencia” : prolongación de la fase anterior. Empiezan a aparecer cansancio, irritabilidad, angustia e insomnio.
– Fase de “agotamiento” : ya se agotan los recursos del individuo para producir una respuesta adecuada y la persona comienza a sentir problemas físicos y psíquicos que le pueden causar un fuerte deterioro.
Ser conscientes de toda la problemática que desencadena el estrés nos debería llevar a actuar de forma responsable y aprender a manejarlo, desarrollando técnicas precisas y adecuadas para ello. Sí, es posible. Y cuanto antes se ponga remedio, mucho mejor.

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