Benoìt Mechior, refiriéndose a Cleopatra, afirmaba: “Su cualidad predominante no era su belleza, ni su gracia, ni la profundidad de su mirada, ni la amplitud de su cultura, ni lo imprevisto de su fantasía, sino una prodigiosa intensidad de vida”.

Con frecuencia, nos damos cuenta de que unas personas gustan más, “caen mejor” que otras; y esta circunstancia no va necesariamente ligada a un físico determinado: es, más bien, una habilidad especial, una sensación de conjunto.

Cuando queremos resultar seductores, solemos desarrollar una serie de comportamientos que, en muchas ocasiones, poco tienen que ver con el objetivo a conseguir, porque si la persona a la que van dirigidos nuestros “hilos” se da cuenta de ellos, ve que es algo intencional, se acabó. La seducción tiene que parecer, ante todo, natural. Y es difícil convencer de lo que no se está convencido; para dar sensación de seguridad y naturalidad, antes tenemos que haber aprendido a sentirnos así: para gustar a los demás, primero tenemos que gustarnos a nosotros mismos.Hay que aprender a “sacarse partido”, es decir, a saber utilizar los defectos y las virtudes. Con los primeros, tenemos que ser un poco indulgentes: reconociéndolos sin mayor importancia, pierden carga negativa; con nuestras virtudes, un poco sobrios: ya se irán dando cuenta de ellas, no es preciso que nos hagamos propaganda.

Hablar de seducción es hablar de algo mucho más amplio de lo que a simple vista parece; existe la seducción telefónica, cuando queremos que nuestro interlocutor nos facilite determinada información; la seducción hacia el niño para que colabore con nosotros; la seducción de un dependiente hacia sus clientes…

Sin embargo, el concepto más extendido es el de la seducción hacia el otro sexo. Seducir no es coquetear; es algo más sutil, más intangible…

Cuando nos sentimos atraídos hacia alguien, decimos que ha habido “química”, y es cierto, porque el laboratorio que llevamos en nuestro interior hace que se empiecen a disparar dentro de nuestro organismo todo tipo de sustancias que van a hacer que vivamos de forma distinta nuestra sexualidad y nuestra sensualidad. En todo esto, los sentidos juegan un papel importantísimo. Hablaremos de ello más pormenorizadamente.

¿Qué ocurre, por ejemplo, cuando subimos en un ascensor con un grupo de desconocidos? Pues que, con alguno de ellos, no nos importaría llegar al piso cuarenta, pero con otros… estamos deseando que se bajen, porque nos hace sentir incómodos, sin que hayan hecho nada consciente para que esto ocurra, pero es así. ¿Por qué? Pues porque, alrededor de toda la piel de nuestro cuerpo, estamos protegidos por una especie de burbuja,   como si fuese un escudo invisible, compuesta de partículas químicas en suspensión, y que sólo nos apetece compartir con quienes nos agradan, por lo que, si alguien no entra en este grupo, al estar cerca físicamente es como si nos sintiéramos invadidos en nuestra personal burbuja, nos ponemos a la defensiva y experimentamos cierto rechazo. Cuando se ha iniciado el proceso de la seducción, solemos tocarnos determinadas partes del cuerpo (pelo, muñeca, labios…), de forma que la otra persona percibe que estamos en una buena predisposición; un paso siguiente puede ser el de rozarle sutilmente , como algo ocasional. Muy pronto vamos a darnos cuenta de si el otro “nos acepta o no en su burbuja”;  si experimenta tensión, o se distancia ligeramente, no lo vamos a tener nada fácil. Sólo nos apetecen las caricias de quien nos hace sentir bien.

El sentido del gusto también tiene su importancia, aunque sea menos llamativo; hablamos con frecuencia del “sabor” de la otra persona, y lo que sentimos al besarla, compartir trocitos de comida…

La vista juega un papel bastante prioritario; al hombre le atrae una figura femenina con caderas y cintura proporcionada. Este sentido juega un papel más importante como excitador sexual en el hombre que en la mujer; en ella, es más condicionante el tacto y el oído. Aparte de valorar, lógicamente, un buen físico, en el que se destacan los hombros, los brazos y la altura, la fémina tiene en cuenta también aspectos como la simpatía, el cariño, la inteligencia…

El sentido del oído interviene, sobre todo, con relación al tono, el grado de distensión y de calidez… Nos despierta la imaginación, sobre todo cuando no conocemos personalmente al propietario de esa voz; de todos es conocida la atracción que un locutor de radio puede provocar, y también el posible desencanto cuando se llega a conocer su físico, porque se había idealizado. Y viceversa (Fulanito estaba tan guapo callado…).

Con todo, el sentido que es determinante en el proceso de seducción es el olfato, porque tiene una repercusión directa en las emociones. Cuando se ha perdido a una persona, se evoca su olor, bien en el recuerdo, bien a través de prendas de ropa, como algo de lo más característico de ella. Las feromonas, sustancias químicas segregadas por nuestro organismo, son las causantes de todo esto. Tenemos nuestro olor particular, y cuando utilizamos perfumes lo que hacemos es enmascararlo. Si el olor de la otra persona no nos gusta, mala cosa; aunque nos sintamos atraídos hacia ella, va a existir una especie de barrera inconsciente…

Y, en un sentido amplio, no podemos perder de vista el concepto de “lenguaje corporal”: todo nuestro cuerpo, las posturas, los movimientos, etc., van a ser un canal de comunicación que los demás van a percibir con mucha más intensidad que aquello que transmitamos por comunicación verbal, porque, además, el lenguaje gestual es mucho menos manipulable que el hablado… Es nuestro mecanismo seductor por excelencia.

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